15 de marzo


Creo que muy pocas veces pensamos en la probabilidad de comer o probar algo que un día de golpe no volveremos a probar nunca más.
  Aquella tarde volví a nuestra casa y ya no estabas más, aunque pasé años vagando para intentar esquivar la dolorosa bala de la verdad, se cortó el camino y no supe más que hacer, dejé de sentirme persona adulta y me volví chiquita otra vez, extrañando mi comida favorita, el sabor de las cosas más sencillas que hacías y que eran completamente magnificas solo porque las hacías tú.

Volver tiene esta cosa un poco mágica donde todo permanece, pero nada es como era antes de la situación, evento, momento, que cambió todo.  Cuando volví nadie me escuchaba, tampoco tenía tu voz ansiosa, cansada de la rutina y de las tareas, y de lo insoportable que te podría llegar a parecer la vida, la que se había tornado cada vez más dolorosa e insoportable para ti, siendo sinceras, siempre lo fue para mí, ambas agotadas de esperar el fin, como dice la canción.  Alguna vez leí que los hijos somos el designio de los padres, que nos crecen asegurando ese deseo impreso sobre nosotras y las expectativas sobre la vida; agotador, pero ahí estaba yo, que como no te encontré empecé a preguntar qué quisieras, que te gustaría, con qué soñabas, cómo te gustaría que cambiase tu casa, la casa en la que ya no estabas desde hace mucho antes de tu ausencia física, la casa que moldeé, transformé, construí y seguías sin estar ahí.

Ardua tarea saber qué quería la mujer de la que ahora no puedo compartir una foto “buena” porque había aprendido a estar tan separada de si, que odiaba su reflejo, que no se sentía lo suficientemente guapa como para ser retratada, así que siempre se negó a las fotos. La mujer que a veces parecía tan dura que nada le alcanzaba y nadie ni nada era suficiente para llenar su gran vacío, porque hubo tanto dolor en su vida que no supo cuándo se creó un abismo.  Nuestra historia estaba plagada de dolor y reproches, aún en medio de nuestros intentos de ser mejor la una para otra.

No sé si toda la tristeza que trajimos pegoteada en nuestro ser se aleje por completo alguna vez de mí, y aunque he dado muchas vueltas para decir simplemente que te extraño, que extraño tus chistes y la forma en que remedabas a la gente que te caía mal, la comida que no volví a probar nunca en ningún lado porque mi mente se aterra solo de pensar que no sabrá igual y que en ese espacio, en esa falta, te voy a extrañar más, y esa pequeña cicatriz de lo que parece ya sanado, quizá se abra solo un poquito para recordarme que está ahí, y que muchas veces aún duele, y que ya no son los hubiera, las palabras no dichas o todo el amor que apenas empezábamos a llevar mejor cuando te fuiste, es tan solo la ausencia, pura y dura, y absoluta. Es todos los espacios donde no estás, donde no hay nadie soportando a la persona insufrible que sé que puedo llegar a ser. Solo te extraño, mamá y no sé cómo desearte feliz cumpleaños.

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