Un domingo cualquiera
Hace
mucho que me cuesta escribir y no entiendo exactamente bien el porqué, no sé qué
hacer con esto que intenta salir de mí;
quizá, solamente deba permitirme explotar como un gran estallido y sacar todo
esto que me estorba y me forma un enorme tapón en el pecho, estas ganas incompletas,
inconclusas de ser querida, son incompletas porque probablemente aún hay algo de
miedo ahí, no ese miedo de quien tuvo algo y en algún momento lo perdió, de
talvez un momento dejar de ser querida, es más bien ese pavor de descubrir que
en realidad nunca lo fui y que desde mi padre y mi madre hacia atrás o hacia
adelante no hubo una gota de amor que sostuviera mi existencia, aunque la
evidencia diga que puede no ser cierta esa afirmación. Me siento muchas veces
minúscula, pequeña e insuficiente frente a la posibilidad de un pequeño amor... Es posible también el amor que deseo; ese amor que no entiende exactamente sobre
feminismo, ese amor que dentro de mí quiere adoración, quiere ser vista como la
maravilla más hermosa que su ser amado presenció alguna vez, ese amor que te
abraza, y se queda contigo, no un minuto, ni una hora, ese que
se queda contigo sin entender cómo es que funciona el tiempo, pero que el
placer de compartirlo contigo no se compara con ninguna otra cosa buena que le
haya pasado jamás en la vida, y que si se le parece es mucho mejor si estás tú,
que cualquier momento de verse sea un domingo cualquiera, donde los
abrazos y las caricias se vuelven un reflejo del cuerpo, donde cada uno es siendo
él-ella-yo, pero también van siendo juntos uno, donde ese estar juntos borra,
apaga, destruye, descree cualquier vestigio del miedo, ese miedo de no ser
querida, de no ser amada hasta la conciencia total. Ese miedo que atraviesa el
cuerpo físico y el espiritual, que se fija en mi sexo y que me dice que el
amor sólo es posible a veces, y solo es posible a través de la violencia que tuve
que aprender a disfrutar porque era la forma en la que me traían a mi presente,
era la forma en la que existía y era la forma en la que mi cuerpo reclamaba su
presencia y su lugar en este pequeño pedazo de mundo; que para poder ser visto
cuando ya no fue golpeado y al no ser amado sino a través del abuso, fue
creciendo, fue buscando más espacio, y creció para ser visto, para ser
vivido, y cuando no lograba sentir nada siguió creciendo casi hasta el exterminio, casi hasta mutilarse; hasta
volverse en eso que la mayor parte del tiempo le esgrime en la cara que es despreciable,
hasta acuerpar el dolor, sus lados rotos, sus corazas; y aunque resiste
todavía, a veces parece que se rompe y
que no da más, y desde ahí, vamos haciendo esos pininos de rescatarle, de
acompañarle a ser, de que viva el amor de todas las formas posibles y no solo
en aquellas en las que parece un castigo, porque acá no hay penitencia que
pagar, y no hay deuda que saldar desde este espacio que somos, este lugar al que
pertenecemos y que nos corresponde. Este lugar donde el amor no es como nos
contaron, y que nos grita que no somos dos mi cuerpo y yo, que somos uno,
aunque a veces no nos reconozcamos; y, con todo lo que hemos atravesado aun así, se vive, se vive muy bien.

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