Un domingo cualquiera


 

Foto de Caroline Hernandez en Unsplash

Hace mucho que me cuesta escribir y no entiendo exactamente bien el porqué, no sé qué hacer con esto que  intenta salir de mí; quizá, solamente deba permitirme explotar como un gran estallido y sacar todo esto que me estorba y me forma un enorme tapón en el pecho, estas ganas incompletas, inconclusas de ser querida, son incompletas porque probablemente aún hay algo de miedo ahí, no ese miedo de quien tuvo algo y en algún momento lo perdió, de talvez un momento dejar de ser querida, es más bien ese pavor de descubrir que en realidad nunca lo fui y que desde mi padre y mi madre hacia atrás o hacia adelante no hubo una gota de amor que sostuviera mi existencia, aunque la evidencia diga que puede no ser cierta esa afirmación.  Me siento muchas veces minúscula, pequeña e insuficiente frente a la posibilidad de un pequeño amor... Es posible también el amor que deseo; ese amor que no entiende exactamente sobre feminismo, ese amor que dentro de mí quiere adoración, quiere ser vista como la maravilla más hermosa que su ser amado presenció alguna vez, ese amor que te abraza, y se queda contigo, no un minuto, ni una hora, ese que se queda contigo sin entender cómo es que funciona el tiempo, pero que el placer de compartirlo contigo no se compara con ninguna otra cosa buena que le haya pasado jamás en la vida, y que si se le parece es mucho mejor si estás tú, que cualquier momento de verse sea un domingo cualquiera, donde los abrazos y las caricias se vuelven un reflejo del cuerpo, donde cada uno es siendo él-ella-yo, pero también van siendo juntos uno, donde ese estar juntos borra, apaga, destruye, descree cualquier vestigio del miedo, ese miedo de no ser querida, de no ser amada hasta la conciencia total.  Ese miedo que atraviesa el cuerpo físico y el espiritual, que se fija en mi sexo y que me dice que el amor sólo es posible a veces, y solo es posible a través de la violencia que tuve que aprender a disfrutar porque era la forma en la que me traían a mi presente, era la forma en la que existía y era la forma en la que mi cuerpo reclamaba su presencia y su lugar en este pequeño pedazo de mundo; que para poder ser visto cuando ya no fue golpeado y al no ser amado sino a través del abuso, fue creciendo, fue buscando más espacio, y creció para ser visto, para ser vivido, y cuando no lograba sentir nada siguió creciendo casi hasta el exterminio, casi hasta mutilarse; hasta volverse en eso que la mayor parte del tiempo le esgrime en la cara que es despreciable, hasta acuerpar el dolor, sus lados rotos, sus corazas; y aunque resiste todavía, a veces parece que se rompe y  que no da más, y desde ahí, vamos haciendo esos pininos de rescatarle, de acompañarle a ser, de que viva el amor de todas las formas posibles y no solo en aquellas en las que parece un castigo, porque acá no hay penitencia que pagar, y no hay deuda que saldar desde este espacio que somos, este lugar al que pertenecemos y que nos corresponde. Este lugar donde el amor no es como nos contaron, y que nos grita que no somos dos mi cuerpo y yo, que somos uno, aunque a veces no nos reconozcamos; y, con todo lo que hemos atravesado aun así, se vive, se vive muy bien.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Emilianoti cumple 15

36

CORPORALIDADES